Hacer cine con un iPhone y no fracasar en el intento

La democratización que ha producido el desarrollo de las nuevas tecnologías en el ámbito cinematográfico, ha generado un nuevo escenario en que ya no caben excusas para no hacer buen cine con “cuatro duros”. Hasta hace unos años, embarcarse en la producción de un videoclip, un cortometraje o cualquier otro producto audiovisual, involucraba una gran suma de dinero. Rodar en 35mm u otro formato analógico, era una tarea muy costosa a la que solamente unos pocos podían acceder.

En la actualidad, el cine sigue siendo un medio de expresión artística  bastante caro en comparación con otras artes, como puede ser la pintura o la música, pero el desmesurado y beneficioso abaratamiento de los materiales, ha permitido que miles de nuevos cineastas puedan realizar sus proyectos con presupuestos que no tienen más de dos ceros a la derecha.

Uno de los mejores ejemplos para ilustrar este cambio, y quizá el más paradigmático, es la película Tangerine, recién estrenada en la pasada edición del Sundance Film Festival.

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Rodada con tan solo un iPhone 5s, Tangerine ha conseguido llamar la atención dentro del sector cinematográfico gracias a su reducido presupuesto, convirtiéndose en una de las películas Low Budget mejor consideradas de los últimos años. Gracias a la app Filmic Pro,  una Steady Cam  y una lente anamórfica de la marca Moondog Labs – lentes de 50 $ que permiten rodar con un campo de visión más amplio – la película dirigida por Sean Baker posee una look fotográfico inusual que dota de personalidad propia a toda la obra.

Si bien es cierto que el trabajo de postproducción consiguió culminar la estética, la calidad del dispositivo móvil, junto a las buenas prestaciones y resultados de la aplicación, ha permitido que el resultado sea más que óptimo y sumamente competente; al menos lo suficiente como para entrar en competición en uno de los festivales de cine más prestigiosos del mundo, que no es poco.

Cabe mencionar que, a pesar del ínfimo presupuesto en fotografía, existen otros aspectos de producción que siguen teniendo un precio más elevando; como puede ser el etalonaje, el sonido y los sueldos del equipo tanto artístico y técnico. Todos estos, hay que tenerlos muy presentes a la hora de embarcarse en un proyecto de estas magnitudes, pero siguen siendo poco más que meras trabas y caprichos de producción técnico frente a la cuestión de fondo que envuelve a Tangerine:  el aumento del interés por parte de la industria del cine hacia las buenas historias y hacia aquellos creadores que estén dispuestos a contarlas, aunque sea con un teléfono móvil.

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La película nos muestra la vida de dos transexuales reales –Kiki Kitana y Mya Taylor – que deambulan por las calles de Los Ángeles en busca de su novio proxeneta, con el objetivo de descubrir si son verdad los rumores que circulan sobre su supuesta infidelidad.  Sin ningún tipo de experiencia previa en el mundo del espectáculo, el director decidió trabajar con ellas tras conocerlas en un casting LGTB organizado en el estado de California.

Muchas de las escenas de la película están rodadas en escenarios y personajes reales; como por ejemplo, aquellas que transcurren en los transportes públicos o en el barrio rojo Santa Mónica Boulevard, donde grabaron sin ningún tipo de  consentimiento por parte  de los clientes que frecuentaban el barrio en busca de droga o compañía de alguna chica. La capacidad de pasar desapercibidos, permitió hacer pensar a los transeúntes que el equipo de Tangerine estaba realizando algún tipo de video casero, sin pretensiones de llegar a ser alabada en festivales.

Puede que la película, termine siendo tan solo una mera anécdota cinematográfica o una genialidad que rápidamente será imitada, no lo sabemos. Lo que sí podemos afirmar, es que en esta época de “youtubers” y video virales, realizar productos audiovisuales es una tarea al alcance de todos. Solamente hacen falta buenas ideas y un poco de voluntad para poder llevarlas a cabo.

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(Imágenes vía: Indiewire)